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martes, 27 de abril de 2010

Talento

Estaba resignada a que mis días sean iguales, la monotonía me absorbía, a veces pensaba que era un robot programado que tenía que seguir una rutina día tras día, lo mismo, lo mismo, lo mismo.

Cuando él formaba parte de mi vida, mis días no eran tan redundantes, digo no tan porque las mañanas y tardes eran las mismas, en cambio al llegar la noche sabía que algo nuevo y divertido me aguardaba.

Lo quería pero no como se quiere a un hermano, muchísimo más que a un amigo pero menos que a un enamorado, vivía al lado de mi casa y cuando llegaba de estudiar estaba esperándome con alguna cosa rara que encontró en Internet, alguna golosina que si la combinabas con otra daban un sabor no identificado; nos quedábamos hasta la madrugada conversando sobre como sería el mundo si cambiáramos ciertas cosas, ¿qué hubiera pasado si solo existiera una cultura? ¿Qué pasaría si todos en el mundo sopláramos a la vez? etc., etc.

Un día no estaba en el lugar de siempre, creo que lo único invariable en su vida era el lugar donde nos encontrábamos; toqué su puerta y nadie me abrió, intenté varias veces pero nada, decidí llamar a su casa pero me decían que la línea estaba fuera de servicio. Lo busqué en todas partes hasta que pasaron días, semanas, meses y nada.

Me sentía triste, molesta, decepcionada, malhumorada y otros sentimientos feos que me costaban eliminar; con el transcurrir del tiempo acepté su partida.

Una mañana no muy soleada salí de mi casa para comenzar con mi rutina diaria, y observé que un mensajero estaba colocando algo en el buzón de su casa, me acerqué y le dije que las personas que vivían ahí ya no estaban, el mensajero me dijo que de todas maneras dejaría la carta, pensé: en fin, es su trabajo así que seguí mi camino.

Al regresar en la noche, vi que la carta permanecía en el buzón, la ignore. Paso una semana y la carta seguía en el buzón, la curiosidad que sentía sobrepaso mis limites sobre la moral así que una noche me acerque y tome la carta, en el sobre estaba la dirección, un pequeño sellito que no identifique de dónde era y algo que llamó mi atención, en la parte inferior del sobre decía: Si es uno de esos días repetitivos ábreme.

Mi corazón se acelero, recuerdo que ni siquiera pensé solo reaccione, abrí el sobre y leí la carta donde decía:

¿Te preguntas dónde estoy?
Pues no lo sabrás.
¿Te preguntas si estoy bien?
Pues te puedo decir que si lo estoy.
Hoy cuenta todas las estrellas que estén brillando del cielo.

Guardé la carta y con una sonrisa en el rostro me senté en nuestro sitio invariable y conté las estrellas.

Espere a que el mensajero volviera pero no aparecía, recién a las tres semanas siguientes de la primera carta llego la segunda, decía:

¿Que tal si ahora averiguas cuantos árboles hay desde tu casa a tu centro de estudios?

En ningún momento me puse a analizar el porqué me mandaba esas tareas, muy en fondo sabía cual era su intención: el motivarme a encontrar algo nuevo que me aliente a disfrutar de cada día. Así que toda obediente conté los árboles.

Volvieron a pasar las semanas, la tercera carta decía: ¿Y ahora, cuántas sonrisas encontrarás en las personas desde tu centro de estudios hasta tu casa?

Esperé una cuarta carta que nunca llegó, porque antes de que pasaran las tres semanas que siempre pasaban previamente de recibir una carta, me llamó la madre de él diciéndome entre sollozos que había fallecido.

No pude sobreponerme sino hasta 4 meses después, tenía sentimientos contradictorios que iban desde el aborrecimiento hasta la compasión, ¿Por qué nunca me dijo que estaba enfermo? Creo que el no saber eso era lo que me causaba cólera, en fin, con el tiempo aprendí a perdonar. Él es de esas personas que nunca se olvidan, rescato lo bien que me hizo conocerlo, el contraste que le daba a mis días monótonos aun estando enfermo, la pasión que sentía cuando debatíamos, la alegría que me trasmitía con un solo gesto.
Cada tres semanas cuento estrellas, árboles y sonrisas, solo que a veces no puedo evitar preguntarme ¿Cuantas habrá contado él?

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